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Una obsesión más allá de la realidad

Una obsesión más allá de la realidad

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Es llamativa la forma en la que la cotidianeidad, la constante repetición, deprecia el valor más estimado, y es así cómo el propio objeto de nuestros sueños puede perder su mágico esplendor hasta convertirse en algo banal. Nos pasa con los objetos más cotizados, nos ocurre con las personas más apreciadas, nos sucede incluso con el sentimiento más profundo y también pasa, ¡cómo no!, con las motos más irrepetibles, con las más icónicas y con las que ni siquiera hubiésemos soñado jamás con contemplarlas en vivo.
Eso mismo le ocurrió al protagonista de esta historia.

Portada moriwoki

Al principio llegó como una noticia filtrada, como una de esas bombas periodísticas que se dejan caer sin que el propio autor se la crea del todo. Y así me contestaron cuando pregunté. Me dijeron que podría venir, sí, pero lo hicieron de la misma forma en la que se evita la desilusión en el niño que ha pedido un regalo imposible a Los Reyes Magos.

Sin embargo, un día, a la vuelta de la comida, esa somnolencia tan española de la sobremesa pareció jugar con mi realidad. La cuestión es que allí me la encontré. Efectivamente, estaba presente, en vivo y no sólo entera, absolutamente impecable, con el aspecto, y casi la sugerencia, listos para aprovechar en el siguiente gran premio un error de Checa, de Crivillé, o del propio Doohan, y colarse en un pódium cargado de gloria.

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Allí estaba, plantada en el fondo del local y rodeada por la sonrisa de mis compañeros, que esperaban mi reacción con una descarada curiosidad. La miré, y sufrí un efecto muy semejante al que provoca la música o el olor grabados en la memoria del ser humano, porque al instante me sentí trasladado a través del espacio, y sobre todo del tiempo, a una primaveral mañana de domingo vivida dieciséis años atrás. El Siete, sí, el Super7, se venía abajo, atronando esa hoya que guarda el trazado de El Jarama, al paso de un Carlos Checa pletórico, exultante, un toro victorioso dando la vuelta a un ruedo entregado en cuerpo y alma y en el que ya nunca más volvería a disputarse ninguna carrera de El Campeonato del Mundo.

El verde metálico, y sobre todo el flúor de ese naranja, me llevaron hasta aquel recuerdo histórico para sentirlo en la piel y para hacer desfilar por delante de mi mente el segundo momento irrepetible de aquella mañana: El del paso de Sete, como un Robin Hood surgiendo entre el dominio de los más poderosos, por las eses de Le Mans, con la Tribuna del Super7 viniéndose abajo, con un público enfervorecido casi a pie de pista, y con el delirio de algunos trepando por la alambrada, como posesos cautivos idolatrando a su redentor.

Un momento antológico que viví como emocionado espectador y que protagonizó esa liviana obra espacial que ahora tenía ante mis ojos y al alcance de mi mano. Podría tocarla en los días sucesivos, podría sentir su vibración junto a mí cada mañana, podría incluso…, ¡incluso subirme a ella cuando se me antojase!

Sí, la misma Honda NSR de sólo dos cilindros que completó aquel pódium histórico de 500, en el último Gran Pódium de El Jarama.

La miré, la reconocí y comencé a contemplarla maravillado. Sí, era ella, aquel prototipo inalcanzable y ultra secreto que los japoneses estaban atentos a tapar cuando siquiera se le despojaba de la pieza más discreta de su carrocería, aquel proyecto aventurado que los nipones se apuraban a esconder echando el cierre del box antes de asomara siquiera el objetivo de una cámara de bautizos, estaba allí, a mi merced, como quien dice y por un tiempo indefinido acompañándome en mi trabajo.

Y así, una vez que reaccioné, no tuvieron que pasar muchos minutos para que una pregunta surgiera temeraria de mi boca, sin la más mínima contemplación:

-¿Se puede arrancar?

Fue como si hubiera nombrado al mismísimo Lucifer en una reunión de beatas. El drástico cambio en las caras que me rodeaban, me llevó de inmediato a cambiar el tono y fingir que estaba dando a mis palabras el humor más absurdo del que era capaz.

-Lo que hay que hacer es conseguir esa gasolina de alto voltaje y arrancarla una noche para escuchar su petardeo –añadí, haciéndome el gracioso in extremis-. Tiene que sonar a gloria bendita. Luego sacarla a la calle y dar aunque sólo sea una vuelta a la manzana.

Se dejaron oír varias risas, y alguno incluso carcajeó; aun así no las tuvieron todas consigo, y la sospecha de que hubiera un solo punto de realidad en mis palabras, por remoto que fuera, flotó por un momento sobre la NSR 500 V-2. Y así fue cómo aquella idea quedó suspendida sobre un equilibrio imposible entre el absurdo más descabellado y el deseo más onírico.

Pasaron los primeros días con la Super Honda junto a mi mesa. Levantaba la mirada de mis escritos y tropezaba con sus discos de carbono; me rascaba la barbilla en busca de una idea para completar cualquier texto y la panza del tubarro izquierdo raptaba mi atención para escuchar en mi imaginación la música de su viento metálico; me ponía en pie para estirar las piernas y su silueta, sólida y voluptuosa, se mostraba sugerente como la de Abba Gadner contoneándose con su genética sensualidad en La Condesa Descalza.

Durante aquellos primeros días viví una continua tentación provocada desde la más temeraria de mis fantasías. Mis impulsos para soñar en un baile fantástico con aquella moto, tan inalcanzable como admirada durante el lustro que estuvo compitiendo, me asaltaban de continuo como un deseo de abandonar la monótona realidad para sumergirme en otra tan imposible que no cabría ni en un relato del propio Stephen King.

Pero el día a día, con su golpe de martillo, comenzó a apelmazar poco a poco las perturbadoras sugerencias con las que la Honda de mi admirado Sete provocaba el lado más audaz de mi imaginación. Pasaron las semanas, transcurrieron los meses y el mágico resplandor que emanaba de aquel prototipo irrepetible se fue apagando, fue perdiendo ese magnetismo triunfal que lo envolvía, ayudado en buena medida por la ignorancia de muchos –la cultura es aún una asignatura, prácticamente, inédita en el mundo de la moto en nuestro país- que se paraban a mirarla día a día y la confundían, o simplemente la señalaban con la etiqueta de “moto antigua”. La observaba, entonces, y simplemente reflexionaba sobre cuán efímera es la gloria deportiva, que pierde nitidez apenas a la carrera siguiente y que se desvanece por complemento cuando caduca el calendario de esa temporada.

Así, yo mismo, caí por un lado en ese efecto conseutudinario y por otro me dejé arrastrar por la influencia de muchos que se paraban ignorantes junto a la NSR y la señalaban con un calificativo tan simple como ése de “una moto antigua”. Sí, ciertamente me dejé llevar por el deprecio de la monotonía, me arrastró el desgaste de la costumbre, y el efecto nocivo de la familiaridad dejó finalmente la cotización de una princesa en la de una simple cortesana de recambio. Traspasé esa estúpida línea marcada por la necedad del ser humano que ya no es capaz de valorar lo que posee, ni siquiera en una aproximada medida, si no es, únicamente, con el vacío de su pérdida.

Así viví, casi ajeno a la Honda 500, durante varias semanas hasta que un día, algo tan simple como mi alergia…, sí, una vulgar alergia, le devolvió toda mi consideración.

Normalmente la alergia…

Este relato lo escribí hace algo más de un año para la publicación Super7moto.com, por ello, derivo al lector a este enlace para que continúe con su lectura. Muchas gracias.
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