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Tras el voto de “El Motero”

Tras el voto de “El Motero”

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-Es como si uno de nosotros fuera a votar al PP –y una carcajada, desencajada y coral, resonó dentro del círculo tras la voz rasgada del melenudo.

Serafín bajó la mirada del televisor y la apuntó hacia su amigo MoriwOki, afilando el brillo de sus pupilas.

-Y alguien como tú, ¿qué me dice de un anuncio como éste?

Con la pregunta, la atención de la escasa clientela se focalizó sobre el motorista.

-¡Puf! Si yo te contara lo que he vivido, precisamente con ese anuncio…

-Ya me imagino. Por eso te lo pregunto.

-No te lo imaginas. No: Te lo aseguro. He estado mucho más implicado en él de lo que puedas suponer.

-No me digas. Pues, ¡oye!, cuéntanos.

-No, no. De verdad, déjalo. No me apetece hablar de ello.

-¡Vamos, Mori! –emergió tras la barra la voz rota de Ramón-. No nos vas a dejar con la intriga. ¡No fastidies!

MoriwOki sumergió la mirada en la jarra de cerveza que tenía delante.

-O, por lo menos –apuntó Serafín-, déjanos conocer la opinión sobre ese anuncio de un motero como tú.

-No, motero, no –replicó como un resorte-: Motorista.

-¡Ah…, motorista! –subrayó Ramón arrastrando con guasa sus palabras.

-Sí, y precisamente, lo que he vivido con este anuncio me ha hecho reafirmarme más aun en mi condición de motorista, aparatándome un poco más de la de “motero”.

-Ya. Se trata de una cuestión de clases entonces.

-No, Serafín, no es eso, ni mucho menos: yo no soy clasista, creo que ya me conoces. No lo soy para nada. Es que precisamente lo que escuché a propósito de este anuncio consolida mi percepción de lo que buena parte de la sociedad asigna todavía a ese concepto, al de “motero”.

-¡Pero bueno! ¿No nos lo vas a contar al final? –el timbre, cavernoso y habitual, se tornó estridente en la voz de Ramón- ¡Mira que eres petardo!

Y ante la mirada de obviedad que le dedicaba Serafín, MoriwOki apuró su cerveza, plantó el vidrio sobre el mármol y, tras soltar el aliento de forma sonora y placentera, dejó caer una frase como el arranque de un nuevo capítulo en la conversación.

-Anda: Ponnos de beber.

El dueño de La Esfera plantó unas jarras sobre la barra, con la espuma derramándose por el vidrio empañado, y MoriwOki dio comienzo a su breve relato.

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-¿Recuerdas, Ramón, aquellas fotos que me hiciste junto al mirador de tu casa para que tuvieran buena luz?

-Sí, claro, eran las que luego repartiste por algunas agencias, cuando te dio por hacerte modelo –moduló con sorna su última palabra.

-¡Vaya! Eres una caja de sorpresas –apuntó Serafín elevando el entrecejo.

-Bueno, no es exactamente hacer de modelo. La verdad es que siempre he dudado si no hubiera sido más actor que novelista, por tratarse de una faceta que siempre he sentido frustrada dentro de mí. Sí, lo hice con la remota esperanza de actuar, aunque fuera a pequeña escala como modelo publicitario.

-¿Y te han llamado mucho?

-Pues no, Serafín. La verdad es que, desde que Ramón me sacó aquellas fotos –se interrumpe mirando al tabernero-… ¿Cuánto hace? Unos dos años, ¿no? –Ramón asintió dubitativo- Sí, unos dos años. Pues no me habían llamado hasta la semana pasada –y dio un severo trago a su nueva cerveza.

-Pues sonó el teléfono, precisamente interrumpiendo mi siesta, y al otro lado escuché la voz de una chica que preguntaba mi nombre. Me explicó que era de una de las agencias (yo ya ni me acordaba) y quería saber si estaría disponible al día siguiente para una selección…, para un “casting”, como dicen ellos.

-¡No me digas! –se carcajeó Ramón con su tono más cáustico.

-Sí: El caso es que respondí que sí, que por la mañana era posible, y ella sobrentendió a continuación una pregunta: “Porque tú eres motero, ¿no?”. Sí, fue una pregunta que, la verdad, me sorprendió un poco.

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Y en ese momento, el escape cuatro en uno de una moto desnuda se dejó oír tras la cristalera. Unos segundos después, irrumpió en el bar un sujeto empaquetado en un equipo de motorista mientras se desenfundaba los guantes. Dio la espalada al local para liberar su cabeza del casco integral, quedando expuesto, a la vista de todos, el parche que llevaba cosido en el dorso de su chaqueta, con la leyenda de un moto club bordada en letra redondilla.

-¡Coño, Chema! –saludó festivo Serafín-. Has entrado en tromba. ¿Qué es lo que te ha picado hoy?

-Pues mira, ahora que lo dices –se dispuso a responder el recién llegado mientras se bajaba la cremallera de la chaqueta y recomponía luego su peinado con los dedos -, llevo todo el día bastante indignado con el anuncio ése que ha sacado el PP… No sé si lo habéis visto. Es un descaro cómo intentan hacer campaña a costa del colectivo motero.

-¡Coño! –soltó el taco Ramón- Pues sobre eso, precisamente, nos estaba contando tu colega MoriwOki –y dejó escapar una carcajada seca y recortada-. Sí, nos había empezado a contar su aventura con ese anuncio.

Chema se encogió de hombros y apuntó su mirada hacia el otro motorista.

-¿Qué tal, Mori?

-Chema.

-Nada. Sigue, sigue. Por mí no te cortes.

-No estoy seguro de que te guste, si sigo con ello.

-¡Qué va! Sin problemas. Cuéntalo, que siento mucha curiosidad.

-Sí… Bueno, y además no voy a dejar a éstos a medias.

-Claro que no. Ya te digo: no te cortes, y cuenta la historia.

MoriwOki puso a Chema brevemente en situación y continuó con su relato desde el punto en el que la había dejado cuando irrumpió en la Esfera.

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-Entonces le expliqué a la chica que hay varios tipos de moteros, como ella nos llamaba, y que, dependiendo de cuál, podía vestirme adecuadamente para esa selección.  Ella se mostró totalmente ignorante, y cuando quiso centrar el tipo de motero al que se refería, dijo: “pues de ésos que llevan las chupas y los flecos”, y concluyó: “los malotes”. Entonces yo le apunté: “¿Los de las bandas con Harleys y esas motos?”. Y ella por fin se sintió aliviada, entendida. “Sí, sí de ésos… Moteros”, concluyó como si fuera evidente, como si no existiesen otros para ella. Rematé la conversación comprometiéndome a asistir a la cita y confirmándole que estaría libre para el día del rodaje, en el caso de que me escogieran.

-¿Y qué pasó al día siguiente? Tuvo que ser de lo más divertido –intuyó Serafín.

-Sí, la verdad es que resultó una experiencia bastante, bastante divertida.

-No me jodas, Mori, que tú estabas dispuesto, como motero, a hacerles el juego, a entrar en la campaña del PP.

-No, Chema, como motero, no, como “motorista”. De verdad que ahora, más que antes, prefiero que me llamen “motorista”.-

-Bueno, motorista, ¿pero lo del PP?

-Es que no, no es como dices. Pero, ya que me he puesto, déjame que termine de contarlo.

-Sí, claro, claro. Termina, que te escucho con más atención aun. A ver a dónde llegas.

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-Pues nada. A la mañana siguiente, me puse una chupa vintage que tengo, bastante llamativa…

-De moto, ¿no? –interrumpió Chema nuevamente.

-Por supuesto. La duda ofende. Claro que es de moto. También me puse una camiseta conmemorativa de Harley, con una llamarada en el centro, y así me presenté en la dirección de la productora…, bueno, creo que era la productora. Y, sorprendentemente, no había cola en la calle, ni nada semejante, apenas siete u ocho individuos sentados en el propio recibidor. Uno con boina y coleta, bastante talludo; otro con chupa de roquero y perfil de fumeta, había uno más que, honestamente y sin faltar, parecía un curtido indigente; otro más, de barba atusada, con bigote edulcorado, rematado por una placentera barriga, digamos que tenía el aspecto de un dandy sesentón, y nada más…, bueno, sí, un guiri con coleta rubia, vientre fondón y con unas gafas negras que le daban el aspecto resacado de un juerguista abonado a las noches de Benidorm.

-¡Vaya ramillete! –exclamó Ramón con su guasa de siempre antes de soltar una carcajada.

-Esperé una media hora, mientras se iba vaciando aquel recibidor, pasando a otra estancia en turnos de tres en tres. Por fin me tocó, y entré con mis dos ocasionales compañeros a lo que era un pequeño estudio, con su puerta insonorizada incluida. Alí me encontré frente a una cámara sobre su trípode, tras la que se emboscaba su operario, y a alguien, que identifiqué enseguida como el director de escena, sentado muy abajo, sobre un taburete, y a mi derecha. La chica que nos hizo pasar se situó en el centro, y a continuación nos explicó en un minuto el guión y lo que deberíamos de representar en la prueba, encarnando cada uno de los tres un papel diferente.

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-¡Vaya! Así es que fue una prueba de actor en toda regla –se admiró Serafín.

-Pues sí, la verdad es que sí. Por eso me gustó la experiencia.

-¿Y cuál fue ese papel de motero…, perdón, de motorista, que te tocó representar?

-Pues a mí me tocaron dos. Primero el del melenudo que has visto hablando en el anuncio.

-Sí, te pareces un montón –rompió a reír Ramón, y con él, el resto del bar.

-Desde luego. Pues, al terminar mi primer intento, con las mismas palabras que escucháis en la tele, el director me explicó que tenía que crispar el tono y sobre todo la risa, una risa desencajada, dijo. “Vosotros sois moteros” subrayó arrastrando la palabra “motero”. Y luego añadió: “Estáis con vuestras birras. ¡Sois malos!”.

-¡Coño! ¡Vaya imagen! –exclamó Chema.

-Ya. “Venís de la carretera”, remató, y después de hacer una pausa, me pregutó: “¿Llevas tatuajes?, remángate que se vean, si los tienes.”

-Tú no llevas tatuajes, ¿no?

-No, Serafín, ni visibles, ni invisibles.

-¡Joder! Pues no me extraña que no te hayan elegido.

-Eso mismo pensé yo, Ramón, cuando vi el anuncio. Es algo que vuelve a reafirmar mis reticencias hacia la palabra “motero”. Está claro que no me importa que me llamen “motero”, pero, si tengo que elegir, prefiero que me llamen “motorista”. Sólo faltaba que hubieran añadido otra versión de este anuncio protagonizada por unos “poligoneros” quemando rueda y cortando encendido en una calle industrial para rematar ese tufo marginal y subsidiario, ese punto suburbial que guarda todavía, para un gran sector de la sociedad, nuestro colectivo al identificarlo con la palabra “motero”.

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-Pero lo que no entiendo, Mori, es que alguien como tú, tan vinculado a La Moto, se preste a hacer el juego a un partido que no ha hecho ni el huevo por nosotros.

-Ya, pero eso es distinto, Chema.

-¡Distinto! ¿Sabes cuántos compañeros cayeron en la ruta sólo en los primeros once meses de este año?

-Ya lo sé, un montón.

-¡221, macho!, ¡en sólo once meses! En cambio, durante el mismo periodo de 2.014, fueron 174.

-Ya lo sé, Chema; pero eso no tiene nada que ver con el hecho de que yo hubiera participado en ese anuncio.

-¡Cómo que no tiene que ver! –su indignación subía por momentos- ¡Cómo puedes decir eso! Tú ibas a colaborar con un partido, que, con el camelo de la crisis, ha montado sólo 3.000 kilómetros de guardaraíles con SPM (Sistema Protección Motorista) en un total de más de 166.000… ¡No llega ni al 2,5%, macho! Y todavía han tenido la poca vergüenza de construir alguna carretera más con guardarraíles de antes, ¡con sus cuchillas asesinas!

-Todo eso ya lo sé, Chema.

-Ya, ya. Sí, lo sabes, y a pesar de ello, ibas a hacer campaña a una panda de políticos que ha demonizado y reprimido aun más de lo que ya estaba a nuestro colectivo y que, eso sí, para montar radares no ha escatimado un puto euro: más de 1.500 fijos y cerca de 1.300 móviles, uno por cada 60 km de carretera; además del “Arma Letal”, el Pegasus ése de los cojones.

-Además, Mori, ¿tú no has dicho siempre que no votas a nadie, que eres apolítico?

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-No, no, Ramón. Yo sólo he dicho que soy seguidor de “el partido motorista”, y que el día que se presente, si es que se presenta alguna vez, lo votaré. Siempre he dicho que ni me siento identificado; que ni me convence, ni me fío de ningún partido político actual. Pero esto que pretendía hacer hay que tomarlo de una forma aséptica para entenderlo. Si es que lo quieres entender, Chema –y, elevando las cejas, apuntó la mirada directamente hacia su colega motorista-. Esto era un trabajo dramático. Quería vivir, aunque fuera tan breve, la experiencia de actuar ante una cámara, la de ser actor, sin importarme si el resultado era para el PP o para una marca de dentífrico. ¿O es que tú miras mucho a quién le vendes un coche en vuestro concesionario? Si acaso lo miras, es para considerar si puede pagarte, pero estoy seguro que no le vas a hacer ascos a un cliente que va a dejarse allí unos miles de euros, sea del PP, sea homosexual, sea inmigrante, sea gitano o sea trapecista.

-Bueno, motero –le apuntó Serafín-…, perdona, motorista. Vamos a pedir otra, que esta ronda ya me toca a mí. Anda, Ramón: Ponnos de beber.

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