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Proyecto 24 HorEs – 40 Años: El Momento más Apremiante

Proyecto 24 HorEs – 40 Años: El Momento más Apremiante

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Que la resistencia representa, como especialidad, una verdadera aventura en el circuito queda puesto de manifiesto en distintas vicisitudes de las carreras, algunas de ellas tan expuestas como obvias; sin embargo, otras no salen nunca a la luz, manteniéndose para siempre al resguardo de las trastiendas que cada equipo monta en la parte trasera de su box, o en otros casos, incluso, en la recóndita intimidad del propio piloto.

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Bien. Esperando que el lector no tenga en cuenta la posible indiscreción de un servidor, pasaré a revelar una de ellas, en este breve relato, que puede hacerle sonreír en un principio, desde luego, pero que vivido en las propias carnes, poca broma guarda en su seno, se lo aseguro.

Esta circunstancia concreta no puede darse, y además es fácil de evitar, en una carrera de velocidad pura, porque cada piloto se preocupa de tomar la salida más escurrido que una esponja colgada del tendedero. De hecho, para estas 24 Horas de Montmeló, era un detalle que había tenido muy, pero que muy en cuenta, para no encontrarme con ninguna cuita que distorsionara la concentración que mantendría antes de cada relevo…, por si no fueran ya pocas las preocupaciones que uno llevaba encima. Había vigilado con ojo la alimentación a lo largo de los días que pasé en el circuito y particularmente durante las horas previas a la propia carrera.

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Sin poder imaginarlo

Sin embargo, en el anochecer del sábado y con diez horas ya cumplidas de carrera, no me daría cuenta de que me llevaba a la boca cualquier cosa de pasada que el cocinero de mi equipo, el Motocrom+50, habría servido para toda la tropa. No recuerdo con exactitud qué fue, pero a buen seguro que se trataba de algo potente y en suficiente cantidad como para dejar depositada en mis entrañas la semilla que desataría, a la postre, un comprometido cataclismo.

Me preparé para mi primer relevo nocturno y tercero de la carrera. Y me ajusté el traje técnico Hevik que llevaría puesto bajo el mono sin percibir ni el más mínimo síntoma, la más leve sospecha, con la mente concentrada en la pista y el espíritu sensiblemente encogido por la preocupación que estuvo presente en el trasfondo de cada momento que compuso aquella carrera.

Sentado, comencé a enfundarme el mono por las piernas y al ponerme en pie para acoplarme la espaldera, como una coraza, tampoco percibí ni el más mínimo conato, ni una sola contracción delatora, ni en la parte alta ni en la baja de mis interiores. Terminé de equiparme, y me senté en la trastienda del box para hacer mi guardia, mientras mi compañero Miguel se mantuviera rodando en pista, tratando de aliviar la presión sumergido en un duermevela mucho más amarrado a la realidad de lo que hubiera deseado. Me levanté de la butaca plegable, de lo que llamaba “El Banquiillo”, cuando me quedaban unos cinco minutos teóricos para salir a pista, y tampoco sentí en aquel momento ni la más remota sospecha. Néstor, uno de los chicos del equipo, me hizo una seña para avisarme de que la llegada de la moto al box sería inminente, en cuanto completara aquella vuelta para entrar al relevo. Entonces me volví a sentar en El Banquillo para sujetar la tensión mientras presenciaba todo el proceso del cambio de neumáticos. Cuando vi al gasolinero y al bombero del equipo prepararse para repostar la BMW, me levanté. Y aquél fue el momento.

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No había otro momento peor

Sí, al ponerme en pie y ver el depósito de llenado rápido acercarse a la boca de la moto, ocurrió. Así fue. Por inverosímil que resulte, sentí un severo retorcijón, un aviso sin medias tintas, como el ladrido seco de un perro guardián al aproximarte a sus dominios. Un escalofrío me recorrió entonces el cuerpo de arriba abajo. No podía haber una situación más comprometida.

Por suerte, ese conocimiento que otorgan los años sobre uno mismo, su psiquis y su propio organismo, me ofreció la dosis de confianza suficiente para no perder los papeles, y poder sujetar el vértigo que provocaba aquel vacío absoluto que sentía abrirse bajo mis pies. Apreté los dientes, contuve la  respiración, y me encaramé a la moto en el momento en el que Pol me hizo la señal con su habitual gesto amable.

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Desde el momento en el que solté el  embrague y me deslicé por los escasos metros del pit lane que distan entre el box 42 y el fin del límite de velocidad, me concentré en aislar de cualquier movimiento el sector de mi cuerpo comprendido entre el estómago y el final de la espalda, tratando de formar un verdadero bloque rígido con la mitad inferior del tronco.

Así comencé a cubrir mi primera hora nocturna, tratando de ignorar el seísmo que amenazaba mi bajo vientre con la obligación de parar urgentemente en boxes, sacando a mi compañero Luis a pista sin que ni siquiera lo hubiera imaginado y, además, poniendo por delante una justificación tan bochornosa, como el pequeño via crucis que estaba empezando a sufrir tanto en cada cambio de dirección sobre la chicane, como en terrible aceleración que escala la Moreneta, o en la frenada de la Seat, donde en las primeras vueltas de aquel relevo no sólo eran mis ojos los que parecían salirse de sus órbitas.

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Un respiro providencial

Poco a poco conseguí adaptar el pilotaje no sólo a la debida austeridad con el desgaste físico, sino también evitando los posibles movimientos que pudieran desatar una situación tan angustiosa como… escatológica. La entrada del safety car en pista llegó como la campana para el boxeador arrinconado, rodando a una marcha pausada, y poder contener así algunos espasmos que llegaban a resultar ya verdaderamente alarmantes.

Tuve suerte de que esas vueltas detrás del coche, con una inesperada tranquilidad, me permitieran asentar mi interior más básico, y mantenerlo así durante el resto del relevo, incluso tras la retirada del safety car. De ese modo, pude completar aquellas vueltas manteniendo la concentración, sin apretones ni sacudidas ventrales que la perturbaran.

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Con la sirena puesta

Al detenerme por fin en el pit lane y bajarme de la moto, la perturbación se removió con mucha mayor intensidad que al iniciar el relevo. Mis apremios, extremadamente urgentes en aquellos momentos, me dieron el tiempo justo de quitarme el mono, y también las botas, esos sí, conteniendo la respiración. Pero no hubo margen para más. Y con el traje técnico Hevik enfundado, conseguí ponerme unas zapatillas y salir literalmente corriendo, con el estilo de Rambo -ya conoce el lector-, para tirarme de cabeza a la primera cabina que encontré libre en el excusado.

Hay momentos en los que el alivio es tan intenso que se confunde por completo con el placer. El desenlace de esta historia, tan íntima como soez, fue sin duda uno de ellos.

Tomás Pérez Mi nombre es Tomás Pérez, competí en velocidad durante el final de los 70 y en los 80, también hice el nacional de raids entre 1991 y 1993. Puedes leer mi historia completa en "sobre mi"

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