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vuelve el motarra

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Hace algún tiempo, remitió la plaga; hace algunos, años dejó de asolar en oleadas las carreteras dominicales y, durante los últimos tiempos, las rutas más concurridas y apreciadas se han visto aliviadas con su ausencia, salvo en un discreto goteo.

Pero ha vuelto.

Sí, me lo habían dicho; me lo habían comentado con cierta resignación, cierto temor y, ¡por qué no!, con mucha vergüenza.

He salido un par de domingos soleados, tal vez tres, y, desafortunadamente, sí, he podido verlo en manadas con mis propios ojos sin buscarle, topándome con él. Efectivamente, ha vuelto.

El casco más colorista y llamativo del mercado, a ser posible réplica del piloto más popular de todos los tiempos; pero no por otra cosa, tan sólo porque es el más reconocido. La chupa, igual que el casco, una prenda caza miradas como un reflectante diurno, sin importar la marca y sin mirar el grado de seguridad; pero sí el precio: desde luego de saldo. Abajo, los vaqueros sin firma del mercadillo y las zapatillas, eso sí, New Balance al último grito y de legítimo plagio oriental. Para completar el pack, en su erre o con su naked, ¡cómo no!, un escape, lo más estridente posible, que rompe el cuello de los peatones soliviantados de indignación.

El macarrismo, y a juego el chonismo, son corrientes sociales que representan la forma más patente del mal gusto, el grado cultural más abandonado, pero sobre todo y lo que es peor, la carencia de la más elemental educación. El macarrismo y el chonismo, para sonrojo propio y ajeno, han vuelto a desembarcar en manada en el mundo de La Moto.

Y así, el exhibicionismo más básico, chabacano y retador vuelve a encontrar en las dos ruedas un medio de proyección hacia el resto de la sociedad que amplifica como ninguno los egos más patéticos.

Y, por descontado, para terminar de completar su imagen detestable, su conducta en la carretera tiene que ser ni más ni menos que la de su condición intolerante con los más pausados, con los menos hábiles o con los más contemplativos del domingo; sin dejar de subrayar su desprecio por los coches que circulan en hileras con un resultado de lo más un taxativo para el automovilista, al dedicarles recortes secantes con estúpidas eses que invaden su trayectoria; además de la frecuente irrupción en el carril del otro sentido, cuando salen abiertos del viraje en una trazada que busca la “pole-gallito” del grupo.

Entre el motero y el motorista, emerge de nuevo una especie que parecía en vías de extinción:

Ha vuelto el Motarra.

Probablemente sean una buena parte de los que hicieron de Cheste 2015 un evento deportivo de alto riesgo, ésos que dejaban grandes claros en la grada durante las carreras de Moto3 y Moto2, cuando habían viajado hasta el circuito valenciano y habían pagado, también, su correspondiente entrada. Probablemente sean muchos de ésos que publican un anuncio del tipo: “Se vende deportiva. Nunca ha entrado en circuito”, siendo que el motor ha sufrido cortes de encendido hasta la extenuación con el cambio en punto muerto y con el bloque apenas a 10 grados de temperatura.

Probablemente sí, pero lo que seguro que les representa y les distingue de todo el colectivo de La Moto es su llamativo desprecio en la urbe por el reposo imprescindible de un hospital, por el sosiego que debe presidir un geriátrico, por el silencio concentrado de una biblioteca, por el recogimiento que guarda una iglesia, por la concentración que requiere un aula en la hora de clase y por el descanso, en general, de una comunidad al completo que le brinda todos y cada uno de sus servicios. ¡Como para hablar a uno de estos sujetos de El Contrato Social, el de Rousseau!

Pero lo peor, por algo tan elemental como el peligro que entraña, es el desdén que muestran hacia la seguridad de los demás, por el sentido de la convivencia en la carretera. Él, el motarra, me indigna tres veces más que cualquier peatón o usuario de la vía pública. Una vez como ciudadano de a pie o como conductor de coche, y dos veces, quiero decir el doble, como motorista, por la imagen estulta y vergonzosa que va dejando por aquí y por allá de todos, de todos nosotros. A un servidor no le hace ninguna gracia, ninguna, tener que pasar en moto por la senda que él, el motarra, ha dejado trillada con su despreciable comportamiento, para que el resto de la sociedad me identifique con semejante calaña.

Lo bueno: que el paso del motarra por el mundo de las dos ruedas es peregrino y no dura para siempre, como le ocurre al apasionado motorista.

Lo malo: que se renuevan sus fichajes, y llegan otros venidos desde la inagotable cantera del embrutecimiento edificado por el maquiavélico interés del consumo.

Pdata. No, no hay fotos en este editorial. No estoy dispuesto a dar al motarra más publicidad de la que ya consigue exhibiendo su conducta.

Tomás Pérez Mi nombre es Tomás Pérez, competí en velocidad durante el final de los 70 y en los 80, también hice el nacional de raids entre 1991 y 1993. Puedes leer mi historia completa en "sobre mi"

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